domingo, 12 de julio de 2009

PREGÓN DE SEMANA SANTA 2005.PEDRO A. GONZÁLEZ MORENO


Por Pedro A. González Moreno
Dignas autoridades y queridos paisanos, familiares, compañeros y amigos:
Quisiera que en estas palabras que vais a escuchar, no oyerais sólo la voz de un pregonero. Me gustaría que oyeseis en ellas las palabras de lo que soy: un vecino más entre vosotros: un hombre que regresa, una vez más (y ya son muchas), a encontrarse con lo poco o lo mucho que queda de otros tiempos, esos tiempos pasados que, como dijo el poeta, tal vez siempre fueron mejores. Quisiera que mi voz sonase para vosotros como la de un peregrino que vuelve a sus orígenes para comprobar que casi todo es ya distinto, y para constatar también que algunas cosas aún continúan siendo como entonces.
Por fuera, todos hemos ido cambiando con el tiempo, y de ello dan fe alguna que otra cana de más o algún que otro pelo de menos. También las calles, las fachadas y hasta las costumbres de este pueblo, han ido cambiando con nosotros; pero en el fondo, con unos cuantos años y seguramente también con unos cuantos kilos más, por dentro la mayoría seguimos siendo como éramos. La patria de verdad no es esa que algunos confunden con los relieves de un mapa o con los colores de una bandera: la verdadera patria de cada uno es su infancia. Allí están nuestros recuerdos, allí está ese mundo antiguo que para nosotros fabricaron nuestros padres y nuestros abuelos. Y ese mundo está vivo, se nutre con el agua de nuestra memoria y es lo mismo que un árbol cuyas raíces rumorosas jamás dejan de crecer dentro de nosotros.
Me gustaría que oyeseis a aquel niño que fui, como también lo fuisteis vosotros: aquel niño que tuvo la estatura de las mieses, que corrió por unos rastrojos y por unas eras que ni siquiera existen ya: un niño que jugó por estas calles y que, por unos arroyos o por unas arboledas que ya tampoco existen, pescaba renacuajos o buscaba nidos, o buscaba quién sabe qué sendas futuras de esperanza.
Yo soy de los que un día tuvieron que marcharse. Pertenezco a una generación que allá por el 75 (parece mentira que hayan pasado tantos años y ardido tantos sueños) tuvo que hacer su hatillo o sus maletas y se vio obligada a cortar las ramas de ese árbol que fue el de nuestra infancia. Cortamos aquellas ramas, pero las raíces siempre han permanecido ahí, creciendo interiormente hacia la luz ancha y limpia de estos campos. Durante aquellos lejanos años en los que en España estaban cambiando tantas cosas, muchos de mi generación tuvimos que marcharnos; pero algunos nunca nos fuimos del todo, y siempre hemos permanecido con un pie puesto sobre estos barbechos.
Mi generación creció a la sombra de una higuera, y nuestra niñez transcurrió entre la claridad y la anchura de un patio grande con paredes de cal y con macetas; un patio que era lo mismo que un reino en miniatura y donde cabía, resumida, toda la luz del mundo. Nuestra infancia transcurrió entre el paloduz y el trigo y en medio de un revuelo de vencejos que arañaban con su negro alboroto el cielo de las tardes.
Los niños de nuestra generación, que tuvimos el histórico privilegio de inaugurar un instituto, no tuvimos, sin embargo, la suerte de quedarnos después, y por eso seguimos el camino del destierro voluntario que tantos otros habían seguido antes y que también muchos siguieron más tarde. Y tuvimos que irnos porque ahí, al otro lado de estos campos, estaban esperándonos los estudios, la familia, el trabajo: la vida. Tal vez por esa, o por otras razones, la nuestra sea una generación perdida como tantas; y si no perdida, al menos sí desperdigada.
Aquellos niños de los 60 no éramos igual que los de ahora. Los niños de entonces jugábamos al fútbol en la era y nuestro contacto con el mundo no era el de las realidades virtuales. El único centro de nuestro mundo en miniatura era un quiosco verde que había en medio de la plaza, donde cambiábamos los cómics de “El Jabato” y de “El Capitán Trueno” y donde, a falta de otras cosas mejores, comprábamos, con apenas dos reales, un auténtico botín de cromos, chicles, barras de regaliz y bolsas de pipas.
Si cada generación tiene su música, su estética y sus ídolos, también tiene su moneda. Y tal vez, pienso ahora, la moneda de nuestra generación fue aquella de los dos reales, la que tenía un agujero en medio y la que, por eso, usábamos también para ponerla en la cuerda de los trompos. Aquella moneda de los dos reales, que daba para tanto, era como un símbolo de esa generación nuestra, tan llena de agujeros.
Los niños y los adolescentes de entonces nos pasábamos las frías tardes de los domingos de invierno en el salón de juegos de la O.J.E. y allí, sobre un tablero de ajedrez, aprendimos a dar nuestros primeros jaques a la vida. Entre aquellos futbolines y entre aquellos billares, fuimos creciendo muy despacio, con esa extraña lentitud que sólo tiene el tiempo de la infancia.Mientras tanto, las cosas de la tierra iban creciendo dentro de nosotros, se hacían savia en nuestra sangre joven; y crecían también en nuestra carne la retorcida sed de los sarmientos, el sueño vertical de las espigas, el fragor de los chorros de las norias, la sombra maternal de las higueras; y crecía en nosotros, sin saberlo, la amurallada luz de los castillos, el leve peso de las amapolas, el manso discurrir de los arroyos, el añil puro y limpio de los zócalos o la líquida paz de las albercas. Crecían lentamente en nuestros ojos todas aquellas cosas que se fueron, todas aquellas cosas de la tierra.
Aunque ya nada parece ser como era, por estas calles y por estos patios siguen sonando voces que nos llaman, voces que nos recuerdan que el pasado no ha muerto y el ayer existe. Y por eso volvemos, una y otra vez, atraídos por la fuerza irresistible de esas voces. Nosotros, precisamente por los años fronterizos que nos tocó vivir, hemos sido una generación puente: Y esa quizás ha sido nuestra misión histórica (si es que alguna misión nos corresponde). Somos el nexo entre la generación de nuestros padres y la de nuestros hijos. Somos el puente entre una generación que vivió una guerra, la guerra de verdad, y otra generación que se ha educado agarrada a los mandos de una play station y jugando a otras guerras que son, afortunadamente, de mentira.
Nosotros, los, los que nacimos por aquellos años, hemos llegado a ver todavía cosas y tradiciones que después se han perdido, y es nuestra obligación conservarlas, o hacer posible que al menos sigan vivas en los baúles de nuestra memoria. Hemos crecido al calor de los braseros de picón y hemos respirado el aire de las cámaras, donde el tiempo parecía haberse detenido para siempre. Hemos visto brillar el sol en los filos de las hoces, hemos oído el resonar del yunque en las fraguas, el ris-ras del serrucho de los carpinteros, el ruido de las varas entre los olivares, aquel cansino rechinar del trillo; hemos visto dorarse las uvas en las parras, y hemos escuchado aquel zumbido de los tábanos en los pilones del fontanar; hemos oído el traqueteo de los carros bajando por las calles todavía empedradas, hemos bebido agua de los pozos y hemos llegado a retener entre las manos la luz, áspera y dulce, del membrillo.
Por eso no puedo dejar de recordar ahora todas aquellas cosas que están grabadas, a sombra y fuego, en lo más hondo de nuestros recuerdos. Cómo no recordar, por ejemplo, aquella interminable luz de los veranos o el implacable sol de aquellas siestas que derretía el alquitrán de las calles; aquel olor a mies recién cortada y aquellas parvas que relucían como ascuas vivas bajo el sol de las eras; y cómo no recordar, de esos lejanos agostos, aquellas ferias que se hacían aún en la plaza y en la Calle Real, cuando los coches de choque y los giros de la “ola” o del “galeón pirata” nos provocaban ese extraño vértigo que era como un anticipo de la vida futura.
Cómo no recordar aquellas tardes de circo, o aquellas noches de cine de verano: aquel cine que hubo precisamente aquí, en este mismo lugar, hace ya más de treinta años. La banda sonora de aquellos nodos y de aquellos westerns, mezclada con el inevitable ruido de las pipas, es, recordada ahora, como una extraña música que llevamos dentro como una impregnación de magia y de nostalgia.
Han pasado desde entonces muchos veranos. Y algunas de esas tradiciones se han transformado o han desaparecido para siempre; pero otras aún perviven como si tuvieran conciencia de que forman parte de ese organismo vivo que es un pueblo. Por ejemplo, aquellos “pinchos” de la Virgen y el Cristo, cuando íbamos de casa en casa acompañando al tambor con la única devoción de llenarnos los bolsillos con aquellos puñaos de garbanzos mezclados con pasas y avellanas. O aquellas solemnidades de nuestra fiesta grande, la de “El Salvador del Mundo”, que siempre nos dejaba un poco impresionados con su flamear de cirios y su olor a cera, con el rítmico paso de sus costaleros, con el bello y elegante cortejo de sus madrinas, o con aquellas tracas y castillos de fuego que se hacían frente a la iglesia y que incendiaban con su ruidosa pirotecnia el cielo de la noche.
Aquellas fiestas de “El Salvador” ponían el verdadero punto final a nuestros veranos y marcaban, con su apoteosis de cera y fuego, el auténtico principio del otoño, y con él, el comienzo de un nuevo curso escolar. Ha llovido mucho desde entonces, y otros nuevos otoños han ido sucediéndose en el imparable ciclo de las estaciones, pero en nuestra memoria resuenan todavía muchos ruidos y muchos sabores de antaño: por ejemplo, los siniestros sonidos de aquellas campanillas que unas mujeres iban haciendo sonar por las calles mientras pedían una limosna para todos los que estaban en pecado mortal. O aquellas romerías del día de San Marcos, cuando salíamos al campo a comernos el hornazo. O aquel pan y quesillo que cogíamos de los árboles, aquellas catas de aceite o aquel lejano pan con chocolate de nuestras meriendas.
Cómo no recordar también aquellas Navidades de badila y frío, que apenas significaban para nosotros, los que estábamos estudiando, unas largas vacaciones. O aquellas noches gélidas de Reyes, en que los magos dejaban poco más que escarcha y caramelos en nuestras ventanas, porque eran otros tiempos. Allá por los años sesenta, las nuestras fueron unas Navidades sin belén y sin renos, con pocos aguinaldos y pocos villancicos, pero nunca faltó en nuestras mesas un trozo de turrón ni el calor de los nuestros.Muchas son las hogueras que hemos visto arder desde entonces, pero ninguna de ellas ha alcanzado unas llamas tan intensas y altas como las de aquellas candelas que se elevaban la noche de San Antón junto a la iglesia del “Egío”. Y cómo olvidar aquellas recolectas de leña que, de casa en casa, iban haciendo los mozos, repitiendo aquel estribillo que ya también hace tiempo dejó de escucharse: “un poco de leña para San Antón, y si no porrom-pon-pon”. Todavía, los niños de mi generación, vimos a las mulas dar aquellas tres vueltas a la ermita y vimos arder aquellas hogueras por encima de la Cruz de los Caídos: aquella cruz que tenía tantos nombres grabados en su base, y que nosotros no entendíamos muy bien por qué se alzaba allí, tan grande y fría como una elegía de piedra; aunque luego, más tarde, empezamos a comprender, porque nos lo contaron los mayores, que por aquí, por estas calles, también pasaron los aires fríos de la guerra. Pero nosotros, que aún éramos muchachos, todavía no sabíamos del dolor y de la muerte; nosotros sólo teníamos los ojos abiertos a la esperanza y a la vida.
Y febrerillo loco arriba, cómo no recordar aquellos carnavales de entonces, que eran mucho menos vistosos y tenían menos vocación coreográfica que los de ahora; pero el aire se llenaba de gritos y las puertas, que estaban abiertas todo el año, se cerraban de golpe, porque en aquellos carnavales había siempre oculto un turbio sentimiento de amenaza. Y nosotros, entre la ilusión y el miedo, unas veces perseguíamos a aquellos mascarones y otras veces éramos perseguidos por ellos, y en más de una ocasión nos dejaron grabado no sólo en la memoria, sino también en el cuerpo, algún que otro garrotazo.
Pero de entre todos esos recuerdos, ninguno tan especial y tan vivo como el de la Semana Santa. No sé por qué razón, pero ésta es una fiesta que entra por todos los sentidos. Parece estar concebida, sobre todo, para los ojos, y para los oídos, pero también el paladar, el olfato y el tacto pueden recrearse con ella. Y quizás por eso, al contrario de lo que ha ocurrido con otras tradiciones, la de nuestra Semana Santa es la que más ha ido aumentando, con el paso de los años, su vistosidad, su solemnidad y su poder de convocatoria. Mientras que otras tradiciones se han debilitado un poco o han ido desapareciendo, la Semana Santa ha ido enriqueciéndose con la llegada de nuevas generaciones que la han regado y engrandecido con su sangre nueva y su ilusión renovada. Se han multiplicado sus bandas y sus cofradías, han cambiado sus caras y sus horarios, pero esencialmente, sigue siendo la misma y, como si fuera uno de los signos más claros de la identidad de este pueblo, continúa manteniendo sus itinerarios y sus pasos, fiel a los designios de su propia historia. Obstinadamente, con la misma puntualidad con que las cigüeñas vuelven a las espadañas de las iglesias, las procesiones regresan también a las calles, cíclica e invariablemente, como anunciando con sus cornetas y sus tambores la llegada de una nueva primavera.
Desde el domingo de Ramos hasta el de Resurrección, desde la procesión del silencio hasta la de la Santa Cena, y desde la Verónica hasta la Soledad, sin olvidar el Santo Entierro, el pueblo se convierte en un trasiego de carrozas, en un ir y venir de pasacalles, en un revuelo de capillos y túnicas multicolores, en un tremolar de estandartes, en un relucir de velas y de hachones. Desde el patio del Convento hasta el “Egío”, el aire retiembla al paso de los tambores, vibra con el oscuro misterio de la bocina, o se estremece con el sonoro ulular de las cornetas. Y hasta el aire parece quedarse quieto y reverente cuando el cuerpo yacente de Cristo pasa en su ataúd de cristal, o cuando cruza la Soledad iluminando la noche con la amarga luz de sus ojos, como si quisiera acoger a la gente bajo el sueño bordado de su manto.
Pero la Semana Santa calzadeña no sólo es un desfile de procesiones, es también una fiesta para los sentidos: una fiesta, por ejemplo, para los ojos, que viven una apoteosis del color cuando ven pasar esas lentas hileras de capillos negros, blancos o morados, o ese blando aleteo de las capas rojas o las capas verdes. Esa apoteosis del color que se vuelve de un rojo bermellón en las capas de la banda de cornetas y tambores de los armaos, que se vuelve bronce resplandeciente en las armaduras, o se vuelve arco iris en el abanico multicolor de sus bordados y de sus penachos. El color de nuestra Semana Santa es un color de Viernes Santo, ese color de uva garnacha de los nazarenos, y es también ese color antiguo de la cal, que parece brillar todavía en las túnicas de los blanquillos.
Igual que entra por los ojos con sus estallidos de color, la Semana Santa entra también por el oído, porque además del sonido de sus bocinas y la música de sus bandas, además de sus cornetas y tambores, sus trompas, sus trombones, sus oboes y sus flautas traveseras, hay otras músicas que vibran en los pentagramas de estas tardes de marzo o de abril. Es, por ejemplo, el ritmo de los pasacalles, que le ponen una cadencia marcial al aire de las tardes; es el “quejío” de las saetas que, desde los balcones, vierten sus chorros de voz al paso de las imágenes. Es también aquel sonoro estribillo del “a quién buscáis” que se escucha en el patio del convento durante la breve representación de “el Prendimiento”. Y es el sonido metálico de las monedas de cobre que rebotan contra el suelo en medio de los corros de las caras.
¡Ay, las caras! Esa música callada del dinero; esa sagrada institucionalización del vicio en plena calle; ese devoto trapicheo que pone un metálico tintineo en la pasión del Viernes Santo; ese silencio rotundo y expectante que precede al grito, casi notarial, con el que cantan caras o cruces los barateros; ese bullicio de ágora que se extiende por las esquinas, convertidas por un día en mercado y casino al mismo tiempo; esa espontánea y redonda arquitectura de los corros, que es la poderosa arquitectura del dinero, por donde los billetes van pasando de mano en mano como palomas indecisas y donde todos, más tarde o más temprano, acabamos tentando a la suerte para comprobar que la suerte casi nunca está de nuestra parte.
Pero igual que tiene color y sonido, la Semana Santa calzadeña tiene también un olor propio: es el olor de las cochuras que, por estas fechas, llenaban antiguamente las despensas y las alacenas, y que antaño olían a la harina y a la leña de los viejos hornos; tiene igualmente el olor a azahar de las carrozas, el olor a cera de las procesiones y el olor a incienso de las iglesias; tiene el perfume de la albahaca antigua de los patios y esas fragancias de tomillo, romero y mejorana que la incipiente primavera trae desde las altivas laderas de la Atalaya; y también tiene ese olor a alcanfor de las túnicas recién sacadas de las arcas… Aromas del pasado que cada año, llegadas estas fechas, resurgen como para convencernos de que el tiempo no ha transcurrido y de que todos seguimos siendo un poco niños todavía.
Nuestra Semana Santa rinde también tributo al sentido del gusto, porque hay sensaciones que van dirigidas directamente al paladar. Ese sabor, por ejemplo, de los enaceitados o de los barquillos, el sabor duro del vino de nuestras bodegas o esa limoná de los dornajos que las hermandades reparten en el charco después de cada procesión.
Y, finalmente, el quinto y último de los sentidos con el que puede percibirse la Semana Santa es el del tacto. Ese tacto de la mano siempre abierta con que este pueblo recibe a todos los forasteros o paisanos que, por estas fechas, llegan aquí desde otros lugares; forasteros o paisanos que son también, como la mayoría de nosotros, gente de paso. Y ahí, en ese gesto de estrechar la mano a antiguos vecinos, a familiares o a viejos amigos, es donde estas fiestas adquieren su dimensión más entrañable, más auténtica y más solidaria.
Las gentes de esta tierra somos gente de paso. La condición nómada de nuestro pueblo está escrita en su propio nombre, y por eso, porque andamos todos un poco desperdigados por otros campos que no son los de Calatrava, necesitamos, de vez en cuando, y de fiesta en fiesta, regresar a estos orígenes donde nacimos, donde crecimos y donde continúan vivas nuestras raíces. Pertenecemos a un pueblo que se fue edificando, piedra a piedra, a la sombra del castillo de Salvatierra, y fuimos, en otro tiempo, un lugar de fronteras. Muy cerca de aquí, por estos campos, cabalgó don Quijote camino de Sierra Morena, aunque Cervantes, por alguna misteriosa razón, no quiso que su famoso caballero se detuviese aquí, tal vez porque entendió que este pueblo, aunque tuviese posada y castillo, era tierra de paso y poco propicia para las andantes aventuras.
Y éste, seguramente, es otro de los signos de nuestra identidad más profunda: llevamos marcada a sol y fuego la señal de los nómadas, y por eso hemos andado siempre yendo y viniendo de un sitio para otro como si buscáramos algo que no acabamos de encontrar.
Somos un pueblo forjado al aire y al sol de la llanura, y por nuestras venas discurren muchas sangres mezcladas. Tenemos ese tirón sanchopancesco de la tierra, pero también alienta dentro de nosotros un poco de sueño y de locura quijotesca. Tenemos mucho de ese espíritu errante de los pastores nómadas, como también tenemos algo de aquel espíritu guerrero de la sangre templaria. Hay en nosotros algo de la reciedumbre del páramo castellano, pero también se asoma a nuestros ojos algún resto de la luz mozárabe y próxima del Sur. Tenemos la sobriedad de esta tierra dura y de este aire seco que nos ha curtido la piel y el corazón, y llevamos grabados, en nuestras almas, un poco de ese bronce y ese acero de la sangre romana. Estamos hechos de un crisol de razas y en nuestras costumbres y nuestras tradiciones se revela ese carácter nuestro de la Mancha sureña, de la Calatrava fronteriza que parece querer asomarse a los cercanos vértigos de Despeñaperros.
Yo, tengo que reconocerlo, en las procesiones nunca he sido penitente y nunca he pertenecido a ninguna cofradía, pero heredé de mi padre una raída túnica de negrillo que no llegué a ponerme nunca; y esa herencia ha actuado sobre mí con una fuerza irrenunciable y poderosa: una fuerza que me ha arrastrado, desde siempre, hacia estas fiestas de la Semana Santa.
Yo jamás he tocado un tambor ni una corneta, pero siempre han seguido resonando en mis oídos los ecos redentores de su música.
Yo ni siquiera he sido baratero en los corros de las caras, pero siempre he acudido, puntualmente, a jugarme el dinero, y no importa mucho haberlo perdido o haberlo ganado: lo que importa es haber estado ahí, siempre fiel a una cita a la que ya no podemos faltar nunca.
Yo pertenezco a una generación que tuvo que marcharse, pero soy de los que vuelven, porque el aire y la luz, las calles y los campos de este pueblo, los he llevado siempre dentro de mí.
Un pueblo está hecho de las manos que lo trabajan, de los pasos que recorren sus calles, del bullicio de sus fiestas; pero también está hecho de memoria. Un pueblo es la realidad de todos los días, pero también es un mapa antiguo lleno de recuerdos. Un pueblo es toda esa gente que cada mañana sale de su casa a enfrentarse a la vida, pero también es ese metal, ya frío y callado, de sus muertos. Un pueblo son sus casas, sus calles, sus plazas, sus tabernas; pero el pueblo de verdad, el que se lleva siempre a todas partes porque está dentro de uno mismo, es el de la infancia.
Y ése es un pueblo que nunca deja de crecer, como una patria de trigo, dentro de la memoria.
Que aquellos tambores de ayer sigan sonando como entonces, y que nunca se callen. Porque sus mágicos redobles nos traen el recuerdo de todo lo perdido.
Que aquellas cornetas de antaño también sigan sonando, y que nunca se callen. Porque en sus ecos se renueva, cada año, el ruido antiguo de la vida.

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